Mucha gente solo se acuerda del taller cuando aparece una avería o se acerca la ITV, pero la realidad es que gran parte de esos sustos se podrían evitar con un buen mantenimiento preventivo. Este tipo de mantenimiento consiste en revisar y sustituir elementos clave del vehículo antes de que fallen, siguiendo los plazos de tiempo y kilometraje recomendados por el fabricante.
Cambiar aceite y filtros a su debido tiempo es la base: el lubricante limpio reduce la fricción interna, evita depósitos en el motor y alarga su vida útil. A ello se suman el control periódico del sistema de frenos, el estado de los neumáticos, la batería y los líquidos (refrigerante, frenos, dirección asistida), componentes que influyen directamente en la seguridad y el comportamiento del coche. Un vehículo bien mantenido frena mejor, agarra más al asfalto y responde de forma predecible en situaciones de emergencia.
Además de seguridad, el mantenimiento preventivo aporta ahorro. Detectar a tiempo una correa de distribución fatigada, una fuga de aceite o un amortiguador en mal estado puede evitar reparaciones mucho más caras en el futuro. También ayuda a optimizar el consumo de combustible, ya que un motor afinado y unos neumáticos con la presión correcta necesitan menos energía para moverse.
Para que funcione, la clave es la constancia: respetar los intervalos de revisión, aunque el coche “parezca ir bien”, y acudir siempre a un taller de confianza donde se conozca el historial del vehículo. Ver el mantenimiento como una inversión y no como un gasto es la mejor forma de asegurarse muchos más kilómetros con el mínimo de sobresaltos.